Las malas noticias

marzo 6, 2021

¿Cómo dormí aquella noche?

Unos días antes, perdió durante unos segundos la mascarilla VPPNI (ventilación con presión positiva no invasiva) y la sensación de asfixia se reflejó en su rostro. Tras volvérsela a colocar, después de recuperarse, sus ojos azules me miraron y me dijo: “¡Me quiero morir!”. Los últimos bolos de corticoides no estaban haciendo efecto y en unos días habría que tomar una decisión. Yo sabía que estaba luchando por vivir por sus hijos. Hablamos poco, casi no tenía fuerzas, pero me comentó que le volvía una y otra vez un sueño persistente: soñaba que estaba en Melilla y de la felicidad que sentía cuando su marido, su amor, llegaba de un viaje y  lo volvía a ver. Estoy en paz con Dios y quiero irme con mi amor, me decía, no quiero vivir así.

Pocos días después, supimos que el tratamiento no había sido efectivo, el pulmón estaba destrozado. Una tarde, ya sabiendo que no había nada que hacer, había que decírselo. Como médico de familia, tenía experiencia en este tipo de situaciones y siempre que me he visto obligado a dar estas malas noticias, he tenido enfrente a la persona, no a la enfermedad. Me armé de valor, tal vez fuera por la unión que siempre tuvimos, porque sabía que ella estaba resignada y que no le daba miedo la muerte, ¡qué gran ayuda!, y que lo habíamos hablado en muchas ocasiones cuando estaba bien de salud. No recuerdo las palabras, solo recuerdo el sentimiento, fue como entrar en un túnel donde solo estábamos ella y yo. Volvió a decir que estaba preparada, estaba en paz con su Iglesia, con Dios y quería irse con su marido. Le dije que habíamos hablado con los médicos y enfermeras del hospital, ¡qué gran trato!, y con la unidad de paliativos; por la mañana le pondrían una ambulancia para, como ella quería, poder morir en su cama, que esa noche le pondría su dosis de morfina y tranquilizantes para que la pudiera pasar tranquila. Salí del túnel y me encontré acompañado. Solo faltaba el detalle final.

No recuerdo qué pasó después, pero a pesar de la tristeza, me dejó un sentimiento de paz.

Por la mañana, llegamos pronto al hospital. Como nos dijeron, estaba preparada la ambulancia. Tuvimos algunos problemas con la bala de oxígeno, pero al explicarle la situación al conductor de la ambulancia, todo fueron facilidades. Llegamos a su casa, llegó el equipo de paliativos, tan profesionales y humanos. Dejaron todo preparado para el tránsito final, la morfina, el midazolam y la buscapina. También el profesional de Oximesa se portó con una humanidad extraordinaria. 

Pasada la medianoche, después de que la visitarán todos los familiares que quisieron o pudieron, se despidió de ella, por teléfono, su nieta Andrea, que estaba en Estados Unidos y, ya tranquila, con todo preparado, solo sus cinco hijos con ella, se marchó para siempre. 

La última pregunta que le hice a mi madre, nuestra madre, fue: “¿Quieres decirnos algo?”. Se quedó pensativa unos segundos y con su tono, no se olvida el tono de una madre, y en un hilo de voz, contestó:”¡No os peleéis!”. Ni en el lecho de muerte se deja de ser madre. Fue su última voluntad, fue el último deseo de una madre.

Hace unos días me he dado cuenta de que no recuerdo esa su última noche, qué sentí, cómo dormí, qué soñé. No recuerdo si dormí bien, tal vez soñé con una niña rubia pecosa de ojos azules con trenzas y un pantalón de peto, jugando en el Llano Amarillo de Marruecos. Allí se sentía libre, era antes de nuestra terrible Guerra Civil. Y ya de adulta y joven, la soñé o sentí su felicidad, cuando en Melilla, su marido, mi padre, volvía de viaje.

De todo lo demás ha sido consciente y lo he revivido en múltiples ocasiones.

¡Qué misteriosa es la mente, qué misteriosa es el alma!

COROLARIO DEL MÉDICO DE FAMILIA

Una de las situaciones más difíciles para un médico de familia es tener que dar malas noticias. Se necesita un compendio de técnicas de comunicación, tecnología punta no valorada por muchos, conocimientos de la enfermedad y humanidad, mucha humanidad. Estas experiencias nos sirven, como persona y como médicos de familia, para enfrentarnos con humildad al dolor de una pérdida. Dadas las actuales circunstancias, ante el dolor de mucha gente y de muchos profesionales, creo que es importante transmitir aquello que, dentro de nuestra profesión, nos hace más humanos, ese equilibrio que tiene la Medicina, entre las humanidades y la ciencia.

Por desgracia, la actual situación de la medicina de familia, abandonada por los políticos, hace que muchos compañeros tiren la toalla y deseen jubilarse lo antes posible, impidiendo ese trasvase de experiencias. El otro día, oía por la radio, que el recientemente fallecido poeta y premio Cervantes, Joan Margarit, decía que, para ser poeta, había que haber vivido. Los jóvenes médicos de familia pueden vivir de nuestras experiencias para profundizar en sus conocimientos, tanto en la parte biológica como en la de la comprensión de la mente y del espíritu humano, porque queremos que sean mejores que nosotros, el mayor deseo de un maestro.

Qué pena de riqueza desperdiciada, qué injusto maltrato.

DEDICADO A MI MADRE Y A TODAS LAS MADRES.

José Antonio González-Posada Delgado, médico de familia, C. S. U. El Greco (Getafe).


Apostar por primaria

diciembre 14, 2011

He de reconocer, que el tema de los pacientes “terminales”, “en situación terminal” o “susceptibles de cuidados paliativos” (se va alargando la expresión cada vez más) me afecta especialmente. De unos años a esta parte, el papel de los médicos de primaria en su seguimiento se diluye, cuando, por formación y situación, somos los mejores para hacerlo. Ya expliqué esto en una entrada anterior.

La Comunidad de Madrid crea PAL 24, un servicio de atención telefónica de 24 horas para pacientes en cuidados paliativos, incrustado en la estructura del SUMMA 112. La verdad, creo que es una buena inicativa, porque en este fragmentado sistema sanitario, estar gravemente enfermo o morir a determinadas horas es un desastre. Seguramente, para los pacientes en situación terminal y sus familias es una gran noticia, porque todo apoyo es poco. Me alegro por ellos, pero como médico de familia me duele.

Mientras que hacemos recetas, vemos catarros y dedicamos el tiempo a cosas muy menores, los que han sido años nuestros pacientes, agonizan en manos de quien nunca les atendió o se tranquilizan por teléfono con alguien al que nunca verán. Es así de simple. Me duele porque es un paso más en el alejamiento del paciente de su médico de media vida. Paliativos del hospital, el ESAD (Equipo de Soporte de Atención Domiciliaria, los de paliativos de fuera del hospital) y PAL 24. Menos mal que nos queda hacerles a todos las recetas…

A cambio de eso, el presupuesto de primaria se reduce y el del 112 crece. La cuenta es sencilla, la Consejería apuesta por hospitales y urgencias y no lo hace por primaria, por eso invierte como invierte.

Lamentablemente, nunca sabremos qué hubiera pasado si ese dinero se hubiese invertido en atención primaria. Una primaria que cubra las 24 horas del día, en la que, si es menester, se pongan guardias y atención telefónica, todas las horas del día para los pacientes terminales y para los que no lo son, con las mismas condiciones laborales y remuneraciones que los que las hacen en hospitales y SUMMA 112.

Eso sí hubiera sido apostar por primaria y traer un nuevo modelo y no el parto de los montes al que asistimos. Eso es creer en primaria, lo demás son brindis al sol.

Todos somos responsables:

– Nuestros gestores, por mirar siempre a otro sitio para invertir, por no haber creído nunca en la atención primaria (¡qué bien lo cuenta mi amigo Sergio!).

– Nosotros, por pusilánimes y por dejarnos “comer la merienda” desde hace tanto tiempo.

Éste no es un “problema madrileño”, es de todo el Sistema Nacional de Salud que, como todas las barcas en las que sólo se rema por un costado, gira en círculo.

José Luis Quintana, médico de familia.


Me temo lo peor

mayo 17, 2011

Se lee en los medios de comunicación: “hace falta un plan de cuidados paliativos”. Me temo lo peor. Cada vez que ha pasado esto, hemos perdido una competencia.

En Madrid, en el contexto del caso del hospital de Leganés, aparecen las unidades de paliativos en los hospitales y en atención primaria. En primaria han recibido el nombre de equipos de soporte de atención domiciliaria (ESAD). En el fondo, la lectura que se hizo fue: en primaria no tienen tiempo para atender terminales, que consume mucho; les ponemos unos médicos (fácilmente médicos de familia, no es una cuestión de titulación) que se ocupen de los terminales y así, ellos pueden seguir con la crucial labor de ver un montón de gente sana y hacer mil papelitos. ¿No sería más bien al revés? Si no tienes tiempo para ver terminales, me voy a preocupar de dártelo. ¿Quién mejor que su médico de toda la vida para hacerlo? Seguramente habrá participado en el diagnóstico, habra seguido los esfuerzos curativos -es probable que haciendo recetas y entendiéndo los miedos del paciente y su familia-  y ahora que llega el momento de los cuidados para bien morir… vienen otros. Un completo sinsentido. No acepto el argumento de “si a los de primaria no les gustan los terminales”. Si un médico de familia no atiende bien a un paciente terminal por desinterés, es un desalmado que debe ser expedientado y sancionado. Es nuestro trabajo y, probablemente, la parte más digna de él. Lo he dicho en alguna ocasión: si dejamos que nos aparten de los terminales, nos mereceremos todas las desgracias posteriores.  Por lo general el manejo no requiere ni grandes tecnologías, ni una ciencia del otro mundo. Precisa conocer los recursos farmacológicos o no y… tiempo. De hecho, el ESAD realiza visitas de entre 30 y 60 minutos. No le des el tiempo y los recursos a otro, dámelos a mí, que soy el que está en mejor situación para hecerlo.

Para remate, el mensaje que le queda al común de los oncólogos es: terminal => ESAD. Así se lo repiten a la familia: hay unos médicos especialistas en cuidados paliativos, dígale al médico de cabecera que le ponga en contacto con ellos. Desacreditan así tu trabajo, pueden decírselo un número ilimitado de veces,  y hacen dudar a la familia de que su padre… que se va a morir… esté en las mejores manos. He tenido que ir a vistar ingresados al hospital para decir en la planta que, tras el alta, lo llevaré yo. He tenido que explicar a la familia que el ESAD no tiene consulta, que va a casa y que su familiar, gravemente enfermo, que me visita regularmente, no es candidato a semejante cosa, una especie de extrema unción sanitaria…

En fin, que cada vez que se crea una unidad específica, nos “descargan de trabajo”. Me gustaría que me preguntaran cómo me ayudan y qué clase de trabajo me quiero quitar. Porque yo debería recibir en consulta o ver en casa a los terminales y no darle la baja al operado de menisco que llevan los traumatólogos. Puestos a quitar…

Esto no es una crítica contra la situación en Madrid, que es semejante a la del resto de España. El que quiera ver en esto una crítica a los compañeros del ESAD, puede hacerlo, pero estará falto de razón, de miras y de neuronas.

José Luis Quintana, médico de familia.